¿A qué vino el Papa a África?
¿A QUÉ VINO EL PAPA A ÁFRICA?
Una carta sobre fe, conciencia y dominación.
El Papa vino a África.
Y el mundo se emocionó. Aplaudió.
Pero nadie preguntó por qué ni para
qué. Casi nadie.
Nadie preguntó qué significaba que el líder de una institución
europea visite un continente que ésa misma ayudó a colonizar por los siglos de
los siglos. -No estás obligado a decir amén.-
Nadie preguntó por qué le dijeron: Gracias por
habernos "escogido".
A nadie le sorprendió que declararan amor total a quien
representa siglos de demonización de lo africano.
A todo ello, mi pregunta es: ¿Por qué casi nadie se
cuestiona nada?
Estimado lector,
Antes de que leas mis palabras, deseo de manera sincera que
te encuentres en un buen estado de salud.
Y en compañía de tus seres queridos.
Así iniciaban las cartas en mi comunidad cuando seguían
siendo el medio habitual de transmisión.
No solo de ideas.
Sino de sentimientos.
Soy Mba'a ONA'A BINDANG.
Filósofo de vocación.
Sociólogo de carrera.
No suelo identificarme con un país africano específico.
Porque no creo en los "países" africanos tal como
hoy están configurados.
Considero que solo son invenciones coloniales.
Unas líneas trazadas para separar a pueblos que compartían
—y siguen compartiendo— lengua, religión y valores
ancestrales.
Siendo consciente del devenir de la historia y coherente con
el mismo...
Siento que debo asumir mi parte de responsabilidad de
escribirte esta carta.
Y como en anteriores ocasiones...
También te pediré que asumas la tuya tras haberla leído.
Quiero que sepas que esta carta no es por mera cortesía.
Sino un llamamiento.
Para que entiendas lo que está pasando realmente en tu
continente.
Lo que está pasando en el mundo.
Te escribo para hablarte de la Fe Ciega.
De cómo fue usada para someterte.
Y de cómo sigue usándose hoy.
Ahora mismo.
Desde que el Papa ha preparado su maleta y su coche blanco.
Hasta terminar su visita a Guinea Ecuatorial.
Iremos paso a paso.
Sin prisa.
Porque esto hay que entenderlo bien. Es sumamente
importante que se entienda bien.
LO QUE UNA VEZ FUIMOS
Comencemos por el principio.
Por lo que una vez fuimos.
Antes de que llegara nadie hablando español, francés, inglés
o portugués.
Antes de cualquier barco.
Antes de cualquier cruz.
Antes de cualquier Biblia.
El africano, desde siempre, fue profundamente espiritual.
No porque se lo enseñara nadie de fuera.
Sino porque, para él, la espiritualidad es consustancial a
la experiencia humana.
En toda cultura.
En todo tiempo.
Los seres humanos han intentado entrar en contacto con
aquello que consideran divino.
Eso es, en esencia, lo que llamamos religión:
La forma en que una comunidad construye el puente entre
lo humano y lo sagrado.
Y nosotros teníamos ese puente.
Lo construimos solos.
Con nuestra propia madera.
Mucho antes de que llegara nadie a decirnos cómo debíamos
hacerlo.
Nuestros ancestros practicaban lo que hoy se llama animismo.
Y es importante aclararlo.
Porque durante siglos nos lo han explicado mal.
Deliberadamente mal.
El animismo no es creer en varios dioses menores.
No es superstición primitiva.
Sino la convicción de que lo divino no habita en un solo
lugar ni se manifiesta en una sola forma.
Que D/dios —ese principio supremo que todo lo atraviesa— se
expresa en el árbol, en el río, en el ancestro, en el trueno, en el recién
nacido.
El animismo es, si lo pensamos bien, la Armonía en
la Diversidad aplicada a lo sagrado.
Pues, lo divino no excluye.
Abraza.
No es unidireccional, lineal.
Sino múltiple y cíclico.
Una Energía Universal, una Inteligencia Ordenadora que
sostiene todas las manifestaciones de la vida y la existencia.
Por eso los ancestros decían:
"Esua ya ñua ebe bene e Nszam yue.".
Tus padres son tu D/dios.
Y no es tarea fácil determinar si la expresión es literal o
metafórica.
Dado que el respeto por los progenitores, por la familia,
por la tribu, se aproximaba bastante a la veneración.
Y se extendía hacia la naturaleza.
Hacia todo cuanto formaba el mundo.
No era folklore.
Era lo que hoy se llamaría teología.
La comprensión profunda de que destruir el bosque era
ofender lo divino.
Que maltratar a un anciano era romper el hilo con los
ancestros.
Que apropiarse de un bien común podía acarrear graves
consecuencias.
Eso éramos.
Eso somos en esencia.
Aunque nos han convencido de lo contrario.
Y para que no quepa ninguna duda:
SÍ, YA CREÍAMOS EN D/dios.
No en los términos actuales.
No en las formas que hoy se imponen.
Pero ya creíamos.
Y vivíamos conforme a ello…
HASTA QUE LLEGARON ELLOS
Sin invitación.
Sin pasaporte.
Sin permiso.
Llegaron con barcos, con armas.
Y, en la otra mano, con la Biblia.
Lo primero que hicieron...
Antes incluso de tocar nuestras riquezas materiales...
Fue atacar algo más profundo:
Nuestra forma de entender lo sagrado.
Porque un pueblo que conserva su espiritualidad propia
conserva también su identidad, su dignidad y su voluntad de resistir.
Y un pueblo así es difícil de someter.
La solución fue brutal en su sencillez:
Demonizar todo lo que éramos.
Nuestros rituales, brujería.
Nuestros sacerdotes, adoradores del demonio.
Nuestras máscaras sagradas, instrumentos del mal.
Los misioneros llegaron a nuestras aldeas convencidos —o
fingiendo estarlo— de que nos hacían un favor al arrancarnos de nosotros
mismos.
Y quien no aceptaba el nuevo D/dios...
Pagaba con su vida. –Y no es una metáfora-.
En el Congo belga, los soldados cortaban manos como castigo
a quienes no cumplían las cuotas de caucho.
En el África del suroeste, los alemanes perpetraron el
primer genocidio documentado del siglo XX contra los herero y los nama.
Campos de exterminio.
Trabajo forzado hasta la muerte.
Pozos de agua envenenados.
En toda la costa occidental, los líderes espirituales que
resistían la evangelización eran ejecutados públicamente.
Sus aldeas ardían.
El terror hacía el resto del trabajo.
La violencia no era un exceso del sistema.
Era el sistema.
Y la religión no era un acompañante incómodo.
Era su justificación más refinada.
La coartada moral que le permitía al colonizador mirarse al
espejo cada mañana...
Y verse no como un criminal, sino como un civilizador.
Un salvador.
Un enviado de D/dios.
LA COARTADA MORAL
Para justificar la barbarie...
Y poder conciliar el sueño por las noches...
El sistema colonial añadió patrañas pseudocientíficas:
Frenología.
Darwinismo social.
Racismo "científico".
Pero la más letal de todas...
Aquella por la cual te estoy escribiendo ahora...
Fue la instrumentalización del discurso religioso como
cuartada moral.
Desde entonces hasta hoy...
En África...
Una proporción abrumadora de la población pierde la voz a
diario gritando en los millones de iglesias esparcidas como Covid-19 por todo
el continente.
Millones se destrozan las rodillas suplicándole a un D/dios
importado a nuestras vidas.
Como también se trafica con alcohol o con drogas.
Un D/dios que ya escribí claramente en un articulo que: “existe,
pero NO EXISTE”
Un D/dios fabricado para ofuscar de manera perenne la mente
del africano.
Y así nos va.
Pues, una vez quebrada la resistencia espiritual...
El trabajo de la colonización se volvió más sencillo.
Las misiones construyeron escuelas.
Pero esas escuelas no enseñaban a pensar.
Enseñaban a obedecer.
En lenguas europeas.
Con “santos” europeos.
Con un D/dios europeo en el centro de toda la narrativa.
El niño africano que pasaba por esas aulas salía convencido
de dos cosas:
Que su cultura ancestral era inferior y malvada.
Y que su salvación —espiritual, intelectual, material—
dependía de mirar hacia fuera.
Hacia Europa.
Hacia Roma.
VISITEMOS BERLÍN, 1884
Llegamos a la Conferencia de Berlín de 1884.
Las potencias europeas se sentaron en un grupillo de
amiguetes para repartirse un pastel.
Sin consultar a ningún africano.
Sin tener en cuenta lenguas, religiones ni valores
ancestrales.
Solo importaban los recursos:
Oro, cobre, caucho, cacao, uranio, petróleo.
Y, por supuesto, nuestras reliquias espirituales.
Las que -me atrevo afirmar- usaron y siguen usando para sus
propios fines.
Y que hoy exhiben en sus museos.
Con las riquezas ya aseguradas...
Con nuestros muertos ya apilados...
Con nuestras mentes ya colonizadas...
Cualquiera creería que el sistema había terminado su
trabajo.
Pero para el sistema, ni eso fue suficiente.
Solo estaba a mitad del plan maestro:
Doblegar a África por y para la eternidad.
A través de la Fe Ciega.
LAS "INDEPENDENCIAS"
Y llegaron entonces las "independencias".
Y con ellas, la mayor de las trampas.
Guinea Ecuatorial en concreto, declaró su
"independencia" en 1968.
Decenas de países africanos hicieron lo mismo antes o
después en esas décadas.
El mundo aplaudió.
Pero hay una pregunta que no muchos se atreven hacerse en
voz alta.
Yo sí lo hago:
¿Independencia de qué y con respecto a quién?
Pues lo que ocurrió en África fue una mera transferencia
administrativa.
No una liberación real como la que anhelaban los
verdaderos héroes africanos.
Y es que las fronteras absurdas trazadas en Berlín
permanecen intactas hasta hoy que te estoy escribiendo.
Las monedas coloniales, en muchos casos, también.
Los sistemas jurídicos, heredados del colonizador.
Y mi mayor dolor, la religión —la misma que llegó con los
barcos— fue institucionalizada como columna vertebral de la nueva identidad
nacional.
En el caso de Guinea Ecuatorial, no se independizó de
España.
Sino que se independizó de su herencia precolonial.
Abandonó gran parte de su esencia africana para convertirse
en lo que es hoy.
Y, a nivel de África, los nuevos líderes —muchos formados en
seminarios y escuelas misioneras— gobernaron con la misma Biblia que usaron los
colonizadores para justificar el sometimiento.
Adoraron al mismo D/dios importado como opio o cerveza
barata.
Mantuvieron los mismos vínculos de dependencia, ahora
disfrazados de relaciones diplomáticas y cooperación internacional.
Y así, sin anuncio oficial, el neocolonialismo tomó su forma
más duradera.
Ya no necesitaba administradores europeos.
Había formado administradores “africanos” que pensaban
como europeos.
Cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas.
Todo un ejército para regar la semilla de la dominación.
La semilla que sembraron en nuestras mentes durante la
colonización.
¿A QUÉ VINO EL PAPA?
Y llegamos a la pregunta del millón:
¿A qué vino el Papa a África?
Mi hipótesis es la siguiente:
A unirnos como comunidad y acercarnos más al cielo y
a D/dios.
A cosechar los frutos de la dominación.
A disculparse por las atrocidades cometidas durante siglos.
A confirmar en persona que seguimos bajo la hipnosis de
la Fe Ciega.
Pero antes de confirmar, debemos verificarla...
Y para no abrumar, tomaremos dos testimonios clave.
Cuando el Papa llegó a Guinea Ecuatorial, el presidente lo
recibió con las siguientes palabras:
"Nos sentimos sumamente agradecidos de que haya
ESCOGIDO a nuestro humilde país."
Escogido.
Esa palabra lo dice todo.
No "bienvenido".
No "le recibimos".
Sino: gracias por escogernos.
Ahora bien, entiendo que en contextos diplomáticos, ciertas
expresiones se usan por cortesía.
Y no pretendo juzgar la intención personal detrás de esas
palabras.
Pero aprendí en Sociología de la Comunicación que las
palabras importan.
Y el simbolismo también.
Porque cuando un Estado formalmente “independiente” desde
1968...
Con petróleo...
Con recursos...
Con historia...
Recibe a un líder religioso extranjero con gratitud por
haber sido "escogido"...
Algo se está revelando más allá del protocolo.
Y hay más.
Días antes, en Camerún, un joven universitario tomó el
micrófono y le dijo al Papa, con toda la sinceridad del mundo:
"Santísimo Padre, nosotros, los jóvenes
estudiantes, LE AMAMOS CON TODO EL CORAZÓN."
Lo conmovió hasta las lágrimas.
El Papa lloró.
Y el mundo lo celebró como un momento de belleza humana.
Pero yo lo veo de otra manera.
Veo a un joven africano, brillante sin duda, formado en una
universidad construida sobre los cimientos de la evangelización colonial...
Declarándole amor total a un hombre que representa la
institución que durante siglos demonizó a sus ancestros, quemó sus aldeas y
llamó brujería a su espiritualidad más profunda.
Y lo hace con todo el corazón.
Sin saberlo.
Esa es la tragedia más honda.
No hay manipulación en el sentido vulgar.
No hay mala fe en ese joven.
Sino algo mucho peor:
Hay una colonización tan perfectamente ejecutada, tan
profundamente interiorizada, que sus víctimas más sinceras son también sus
defensores más conmovedores.
NO ES CONTRA EL PAPA COMO PERSONA
Y aquí debo ser claro.
Porque sé que estas palabras pueden malinterpretarse.
No estoy contra el Papa como persona.
No tengo nada contra Pedro, el primero de todos.
No tengo nada contra Karol Józef Wojtyla
Y tampoco tengo nada contra Robert Francis Prevost
Pues no conozco su corazón.
No sé qué piensa cuando reza.
No sé si genuinamente cree que está haciendo bien.
Y eso, en el fondo, es irrelevante.
Porque esto no es sobre él.
Sino sobre lo que representa.
La institución que durante siglos fue brazo ideológico del
colonialismo.
Una institución que bendijo la conquista.
Que justificó la esclavitud.
Que llamó salvación a la dominación.
Y esa institución sigue operando.
No con las mismas formas.
Pero con las mismas funciones.
Esta “visita” no es un evento religioso.
Es un acto de mantenimiento del sistema.
El Papa viene a regar la semilla que sembraron en nuestras
mentes hace siglos.
Y, por supuesto, a cosechar los frutos de esa opresión:
La lealtad institucional.
La legitimación del poder político local a través de lo
sagrado.
El silenciamiento de cualquier voz crítica bajo la
amenaza moral de la impiedad.
Y nótese algo:
El Papa no necesita invitación.
El agricultor no pide permiso para entrar en su propia
huerta.
Solo si el campo dejara de pertenecerle necesitaría llamar
antes de llegar.
Mientras África siga siendo —en su identidad más profunda, en su
escala de valores colectiva, en el corazón de sus presidentes y de sus jóvenes
universitarios— territorio de Roma...
El Papa llegará cuando quiera.
Y será recibido con gratitud.
Eso no es fe.
Es la administración política de la fe.
Y tiene un nombre:
Neocolonialismo puro y duro.
LA PARADOJA MÁS DOLOROSA
Y aquí está algo que me parte el ALMA.
Algo que debo admitir con total sinceridad. Porque no, no
soy un simple resentido.
Porque durante la visita del Papa a Guinea Ecuatorial,
ocurrió algo extraordinario.
Algo que no se ve a menudo.
Algo que muchos celebraron sin cuestionarse.
Guinea Ecuatorial se unió.
Las calles se limpiaron como nunca.
Los barrios se organizaron.
Las familias abrieron sus puertas para acoger a hermanos
gaboneses que cruzaron la frontera solo para ver al Papa.
La logística funcionó. De maravilla.
La gente colaboró. Con todo el alma.
Cada uno aportó lo que pudo.
Hubo solidaridad.
Hubo esfuerzo colectivo.
Hubo comunidad.
Y eso es hermoso. Porque estos somos realmente nosotros.
Pero es igualmente devastador.
Porque la paradoja más dolorosa de todas es esta:
Lo único que nos une es precisamente aquello que nos
deshumaniza.
Aquello que nos aleja de nuestra esencia.
Lo único que logra que dejemos las diferencias a un lado...
Que abramos nuestras casas...
Que trabajemos juntos como hermanos...
Es algo que se nos impuso a la fuerza.
Algo por lo cual tuvieron que matar a todos cuantos se
atrevieron a enfrentarse.
Y eso duele. Escuece. Desgarra.
Piénsalo bien.
Cuando se trata de nuestras propias tradiciones ancestrales,
nos dividimos.
"Eso es cosa de fang."
"Eso es de bubis."
"Eso no es lo nuestro."
Cuando se trata de recuperar nuestra historia precolonial,
nos desinteresamos.
"Eso ya pasó."
"Para qué mirar atrás."
"Eso no sirve para nada."
Cuando se trata de defender nuestra tierra, nuestros
recursos, nuestra soberanía real...
Nos fragmentamos.
Cada uno a lo suyo.
Cada uno mirando para otro lado.
Solo quiero que nos preguntemos, qué hubiese pasado si, como
ya es casi habitual, unos individuos se hubiesen apropiado de parte del presupuesto
de la organización para el recibimiento del papa. Te lo digo yo: “habría sido
una vergüenza papal”.
Pero cuando llega el Papa...
Ahí sí.
Ahí nos unimos.
Ahí trabajamos juntos.
Ahí somos comunidad.
Y no lo digo con desprecio.
No lo digo para burlarme.
Lo digo con el corazón roto. Porque me duele que sea así.
Porque esa unión demuestra algo poderoso:
Sí sabemos trabajar juntos.
Sí podemos organizarnos.
Sí recordamos la solidaridad colectiva.
Pero solo cuando el catalizador viene de fuera.
Solo cuando la convocatoria lleva el sello de lo que nos
colonizó.
Solo cuando el agricultor viene a inspeccionar su huerta.
Y esa es la colonización más perfecta de todas.
No aquella que te destruye.
Sino aquella que te hace celebrar tu propia destrucción.
No aquella que te divide.
Sino aquella que te une... bajo su bandera.
Porque cuando nos unimos para recibir al Papa...
No estamos celebrando nuestra espiritualidad africana.
Estamos celebrando la espiritualidad que llegó en barco.
La que llamó brujería a nuestros rituales.
La que quemó nuestras aldeas.
La que mató a quienes se resistieron.
Y lo hacemos con todo el corazón.
Con toda nuestra capacidad organizativa.
Con toda nuestra hospitalidad ancestral.
Pero dirigida hacia quien representa nuestra propia
sumisión.
Esa es la paradoja.
Somos capaces de grandeza colectiva.
Pero solo la desplegamos para lo que nos impusieron.
Somos capaces de unidad.
Pero solo la alcanzamos bajo el símbolo de nuestra
colonización.
Y mientras escribo esto...
Mientras reconozco esa capacidad de organizarnos, de
abrirnos, de trabajar juntos...
No puedo evitar preguntarme:
¿Cuándo desplegaremos esa misma energía para recuperar lo
nuestro?
¿Cuándo nos uniremos con esa misma fuerza para reconstruir
lo que éramos?
¿Cuándo abriremos nuestras casas con esa misma hospitalidad
para acoger nuestra propia memoria ancestral?
Porque si somos capaces de movilizarnos así para recibir al
Papa...
Imagina lo que podríamos lograr si nos movilizáramos para
recuperarnos a nosotros mismos.
Esa unión que vi durante su visita no es debilidad.
Es potencial.
Potencial que todavía está siendo canalizado hacia afuera.
Hacia Roma.
En lugar de hacia adentro.
Hacia nosotros.
Y esa...
Esa es la paradoja más dolorosa de todas.
JOVEN AFRICANO.
Ha llegado tu turno.
No te pido que aborrezcas al Papa.
No te pido que renuncies a tu vida espiritual.
La fe, como toda experiencia humana profunda, es tuya y solo
tuya.
Yo mismo la respeto.
Aunque en mi caso, mi fe reside en la Armonía en la
Diversidad.
Más cercana al animismo ancestral, pero no tan distinta a la
creencia en D/dios actual.
Pero es totalmente opuesta al fanatismo y a la
instrumentalización de la fe para doblegar conciencias.
Te pido algo más difícil:
Que aprendas a distinguir entre tu fe y la institución
que la administra.
Entre lo que sientes en lo más hondo de tu ser...
Y lo que ciertos actores —políticos, eclesiásticos,
históricos— hacen con ese sentimiento para perpetuar su poder.
Recuerda que antes de Roma existía el respeto por la
naturaleza, por la comunidad, el amor al prójimo.
Que antes del bautismo existía la palabra de los ancestros.
Que nuestra espiritualidad no nació en Europa:
Nació aquí, en esta tierra, y fue suficientemente sabia
como para sostenernos durante milenios.
El primer acto de libertad no es romper una cadena.
Es reconocer que la llevas puesta.
En mi comunidad siempre decimos:
"No soy yo quien va a cambiar Guinea." Sé que
no seré quien cambie África.
Pero esto es lo mínimo que puedo hacer por ahora.
Dentro de mis muy limitadas posibilidades.
Esto no es una acusación.
Sino un recordatorio.
Una llamada a la Armonía en la Diversidad:
A construir desde lo que somos, no desde lo que nos
impusieron.
Porque ningún pueblo es libre mientras adore como verdad
aquello que primero le fue impuesto como conquista.
Es hora de mirarte a ti mismo.

Interesante 🤔
ResponderEliminarLo siento, no era mi intención.
EliminarGran reflexión. Personalmente, creo que es difícil romper esos lazos, sobre todo porque toda nuestra cosmovisión está construida sobre bases coloniales (incluso/sobre todo la de aquellos que no hemos vivido la colonización en sí -nacidos tras el 68-). No es cuestión de cambiar hacia dónde miramos, sino de cambiar los ojos con los que miramos, la mente con que analizamos, y eso amigo...eso es muchísimo más difícil. En todo caso, gracias por la reflexión.
ResponderEliminarHe tratado de cumplir con mi parte y gracias por sus palabras.
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