"Benditos nombres Coloniales"
-Compañero, ¿cómo te llamas? Me pregunta un amigo imaginario bubi.
-Soy Mba'a ONA'A BINDANG. Respondo amablemente.
-¡Quie! Solo éso, ¿y tu verdadero nombre? Me replica.
-¿Cómo que, y mi verdadero nombre? Pero si ya te lo he dicho: Soy Mba'a, hijo de ONA'A y de BINDANG; Mba'a ONA'A BINDANG. Respondo con contundencia.
-¡Quie! No me estás entendiendo. Vale, ¿cuál es el nombre completo que aparece en tu DIP (Documento de Identidad Personal), Pasaporte y en tu Título Supletorio? Sentencia.
-¡Ah! Bueno: Quisito Antonio Mbá ONÁ BINDANG. Respondo.
¡Quieeeeeee, pero los fang tenéis nombres largos ehhh! Entonan al unísono mis amigos imaginarios: Bubi, ndowe, annobonés, bisio y también un fernandino/criollo.
Tratando de explicarles, les digo: -¡Noooo! No es que tengamos nombres largos. Lo que pasa es que, se nos antepone a nuestro nombre y dos apellidos una etiqueta colonial. Eso hace que nuestros nombres parezcan Interminables. Pero en el caso de cada uno de vosotros, tenéis omitido vuestro verdadero nombre y solo usáis la etiqueta colonial junto con vuestros apellidos.
Y sentencié: -Los más afectados en todo esto son los annoboneses, a quienes incluso se le puso etiquetas coloniales de zonas geográficas de España.
La explicación es sencilla: antes de la colonización, todos teníamos nombre y dos apellidos. Tras llegar los invasores, muchos (bubis, ndowes, bisios y annoboneses) comenzaron de ocultar sus verdaderos nombres a los colonos, a fin de que no pudiesen acceder fácilmente a su alma y corromperla. Pero, hoy resulta que se han quedado anclados, y es como si no se hubiesen enterado de la "independencia".
Imagina por un momento que para
obtener tu documento de identidad tuvieras que renunciar al nombre que te
dieron tus padres. Que, para acceder a la escuela, al hospital, para sacar un
pasaporte o simplemente para existir ante el Estado, fuera necesario que
adoptaras un nombre que no te pertenece, que viene de una cultura ajena,
impuesta hace siglos por conquistadores que nunca conociste.
Esta no es una distopía futurista
y tampoco estoy exagerando. Te estoy hablando de la realidad cotidiana en
Guinea Ecuatorial, donde el eco de las campanas coloniales sigue resonando en
cada ministerio, centro público o privado, en cada aula, en cada trámite que
define si eres o no eres ciudadano de tu propio país.
La cadena invisible del
control
En los territorios que hoy
conforman Guinea Ecuatorial, antes de que llegaran los colonizadores, los
nombres tenían alma. Cada niño recibía un nombre que conectaba con su linaje,
que hablaba de las circunstancias de su nacimiento, que llevaba en sí mismo la
sabiduría de generaciones. Los nombres en fang, bubi, ndowe, fadambo o bisio,
no eran solo etiquetas: eran pequeñas historias, mapas de pertenencia, eslabones
que conectaban a cada persona con su comunidad y sus ancestros.
Pero hoy, si naces en Guinea
Ecuatorial y tus padres deciden honrar esa tradición ancestral, te encontrarás
con una muralla burocrática que convierte tu herencia en tu maldición.
La mecánica es implacable en su
simplicidad: todo empieza con la religión impuesta, la fábrica, de donde deben
pasar sí o sí los productos para que posteriormente lleguen al mercado. El
proceso de producción se llama bautismo, un sofisticado proceso industrial que
acaba colocándote la etiqueta de “made in colonización” a todos y
a cada uno de los productos a ser distribuidos en el mercado local e
internacional.
Aquí, poca broma; sin bautismo
cristiano, no hay partida. Sin partida de bautismo, solo con milagro o
trapicheo accedes a la educación primaria. Sin educación primaria, ya comienza
tu sentencia de muerte desde el principio: no podrás acceder a la secundaria,
al bachillerato, mucho menos hacer la selectividad. Sin selectividad (salvo por
curso de acceso en pedagogía) no hay universidad. Y sin el Documento de
Identidad Personal (que requiere esa misma partida de bautismo para hacer el Extracto
Literal de Nacimiento), solo con malabares obtienes un pasaporte. En otras
palabras y siendo muy directos: sin un nombre colonial bendecido por la
iglesia, apenas existes ante tu propio Estado.
Prepárate, porque te costará el doble acceder a los derechos
de ciudadanía.
El bautismo como frontera
Lo perverso de este sistema es
que no se presenta como discriminación. Se viste de normalidad, de tradición.
La partida de bautismo se ha naturalizado tanto que pocos cuestionan por qué el
Estado delega en la Iglesia católica el poder de certificar quién merece
servicios públicos.
Los padres enfrentan una elección imposible: preservar la
identidad de su hijo o garantizar su futuro. ¿Cómo explicas que su nombre
ancestral, cargado de significado, es menos válido que "José" o
"María"? ¿Cómo le dices que para ser ciudadano pleno debe renunciar a
ser quien es?
Etiquetas vacías sobre
identidades plenas
Esos nombres impuestos son
etiquetas coloniales vacías. "Quisito Antonio", "José
María", por ejemplo, no significan nada para un niño fang, bubi, ndowe, annobonés
o bisio. Son sonidos ajenos pegados sobre su verdadera identidad.
Un nombre como Mba'a, hijo de Ona'a
y de Bindang, cuenta una historia completa. Establece linajes
paterno y materno, conecta con la cosmogonía ancestral, sitúa a la persona en
una red de relaciones que se extiende por generaciones. Cada sílaba tiene raíz,
cada sonido tiene propósito.
Pero cuando el sistema obliga a anteponer etiquetas
europeas, sucede algo cruel: muchas veces ya no queda espacio para el apellido
materno. La madre, que dio todo por esa vida, queda borrada del registro
oficial por una maniobra neocolonial que privilegia sonidos extranjeros sin
significado.
¿Realmente vale la pena negarle a nuestra madre el
privilegio de estar presente en nuestros logros por una etiqueta colonial? Si
somos independientes, ¿por qué no cambiamos las cosas por el bien de nuestras
madres?
La colonización perfeccionada
Este sistema es
"colonialismo burocrático": no necesita soldados ni banderas para
subordinar culturas locales. Le bastan formularios, requisitos aparentemente
técnicos, procedimientos "neutrales" que esconden preferencia
cultural absoluta.
En cada oficina donde piden partida de bautismo se repite el
mensaje colonial: tu cultura vale menos, tu identidad es obstáculo, tu
pertenencia ancestral es secundaria frente a tu sumisión a la religión del
conquistador.
Los colonizadores siempre lo supieron: controlar los nombres
es controlar las almas. En Guinea Ecuatorial, esta colonización se ha
perfeccionado hasta que las víctimas la defienden. "Es por el bien del
niño", dicen. Y tienen razón: en un sistema que penaliza la
autenticidad cultural, la asimilación se vuelve supervivencia.
Pero cada vez que esto sucede, asistimos a un pequeño
genocidio cultural. Silencioso, burocrático, que no deja cadáveres, pero mata
la diversidad de formas de ser ecuatoguineano.
La paradoja postcolonial
Lo más amargo es que sucede en un
país independiente. Guinea Ecuatorial puede decidir sus reglas, pero eligió
mantener un sistema que reproduce jerarquías coloniales con eficiencia
envidiable.
Esta es la paradoja postcolonial: independencia política sin
descolonización mental. El resultado: seguir operando como si la cultura
europea fuera estándar de civilización y las culturas locales, curiosidades
folklóricas.
Hemos aprendido a celebrar "diversidad cultural"
en discursos mientras construimos sistemas que la penalizan. Hablamos con
orgullo de lenguas ancestrales mientras exigimos etiquetas españolas sin
significado para acceder a educación.
Hacia la verdadera libertad
Reconocer este problema es el
primer paso. No se trata de demonizar nombres cristianos ni romantizar culturas
precoloniales. Se trata de construir un Estado verdaderamente inclusivo que
reconozca todas las formas de ser ecuatoguineano como igualmente válidas.
Esto implicaría reformas simples pero complejas: separar
trámites civiles de religiosos, reconocer lenguas nacionales, crear
documentación independiente de instituciones religiosas, permitir recuperación
de nombres ancestrales, garantizar igual reconocimiento a linajes paterno y
materno.
Necesitamos transformación cultural profunda. Ver la
diversidad no como problema sino como riqueza. Dejar de medir
"modernidad" por parecido a Europa y valorar autenticidad. Esto es, entender
el Mba'aismo: Armonía en la Diversidad.
El futuro posible
Los nombres que llevamos no son
solo sonidos. Son mapas de memoria, son declaraciones de pertenencia, son
formas de habitar el mundo. Cuando un Estado obliga a sus ciudadanos a adoptar
etiquetas coloniales ajenas para acceder a sus derechos, no solo está violando
su libertad individual: está empobreciendo la diversidad humana de su
territorio y negando el papel fundamental de las madres en la construcción de
la identidad.
Guinea Ecuatorial tiene la
oportunidad histórica de ser pionera en África en la construcción de una
ciudadanía verdaderamente descolonizada. Un modelo donde la partida de bautismo
sea lo que siempre debió ser: un documento religioso para quienes eligen esa
fe, no un requisito civil para todos los ciudadanos.
Un país donde un niño pueda
llamarse Ekang, Basilé, Mputu, Mum
o Ubenga con el mismo orgullo y las mismas oportunidades que si
se llamara Francisco. Donde Mba'a hijo de Ona'a y
de Bindang pueda existir plenamente sin necesidad de anteponer
etiquetas coloniales que no significan nada en su lengua. Un lugar donde la
diversidad cultural no sea solo un eslogan turístico sino una realidad vivida,
y donde las madres no desaparezcan del registro oficial por imposiciones
burocráticas coloniales.
Porque al final, los nombres que
llevamos hablan de quiénes somos. Y en un país verdaderamente libre, cada
ciudadano debería poder ser quien es sin pedir perdón por ello, sin bautizarse
en una fe ajena, sin renunciar a su herencia para acceder a su futuro, y sin
que su madre sea borrada de su identidad por etiquetas extranjeras sin
significado.
Las etiquetas coloniales pueden
haber sido una imposición del pasado. Pero mantenerlas como obligación en el
presente es una elección. Y las elecciones se pueden cambiar.
Porque la verdadera independencia no se mide solo por
las banderas que ondean, sino por la libertad que tienen los ciudadanos de ser
ellos mismos en su propia tierra, con sus nombres completos y sus madres
reconocidas.

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